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Margarita Páramo• Tepeji del Río• febrero 2010• Ya estamos en el segundo mes de este año que ha empezado mucho más complicado que otros, las noticias que nos llegan de otros lados y aun las generadas en nuestra entidad presentan un panorama que nadie sensato hubiera siquiera imaginado.
Casi no hay un día en el que, ya sea en el radio o en la televisión se escuche el llanto desgarrador de un papá preguntando por qué mataron a su hijo, quien además de ser buen hijo y estudiante de excelencia jugaba en un equipo de americano, o por qué no se hace nada ante la impunidad que permite asaltos y disparos a inocentes en cualquier lugar y a la hora que sea.
Estamos viviendo tan rápidamente que poco a poco y sin darnos cuenta, aquello que nos hizo crecer con imaginación, lo que nos formó, se va diluyendo y a muy pocos les importa. Por eso es que propongo, una vez más, regresar a nuestras tradiciones, retomar lo que habíamos empezado y para ello ¿qué tal si volvemos a los relatos de leyendas? Aquí una muy nuestra, narrada por importante dueña del mejor periódico local.
Considerando que en menos de que nos demos cuenta ya estaremos en Semana Santa, esta es la leyenda del Cristo del Santo Entierro y cuenta que en el siglo XVI el poblado de Tepeji era paso obligado para los viajeros que se dirigían a la capital del Virreinato a entregar o vender las mulas que traían del norte.
Pues bien, en una hermosa tarde, las pocas personas que paseaban por las cercanías del convento, vieron que una mula se internaba por las puertas del cementerio, aun cuando algunos de ellos comentaron sobre su procedencia, sobre la falta de arriero y sobre el lugar en el que animal vagabundo buscaría refugio.
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 Imagenes religiosas en el Ex-convento a San Francisco. |
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Al día siguiente, cuando el sacristán abrió la puerta de la iglesia, encontró una mula cargada con dos cajones, echada cerca de la puerta, lo que impedía la entrada de los frailes. Llamó al cura y entre ambos trataron de levantar a la acémila sin lograrlo. Esta operación se repetía cada que llegaba algún hombre, pero parecía que el animal se había adherido al suelo. Hasta que al fin alguien sugirió que se le quitara la carga, cosa que realizaron inmediatamente y enseguida el animal se levantó sin ningún esfuerzo.
Pasó el tiempo y al ver que no se presentaba el dueño de la bestia, se consultó el caso con las autoridades civiles y religiosas. Ambas convinieron en abrir las cajas para ver su contenido. Se procedió a forzar las cerraduras y se encontraron con un Cristo de gozne dividido.
Y este es el Cristo guardado en una urna que se venera bajo advocación del Santo Entierro y que todos los Viernes Santo sale del templo acompañando a los cuadros de la Procesión del Silencio.
Tal vez estaría bien acordarnos de estos milagros y tenerlos muy presentes más seguido.
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