|
Por Alfredo Gabriel Páramo • Escuchamos muchas voces que dicen “sólo en México pasa esto”, o “en los países desarrollados las cosas están mucho mejor”. Y las argumentaciones se extienden en meandros que hablan sobre cultura, historia y tradición.
Efectivamente, en México estamos mal, pero --y no es consuelo de tontos-- no tan mal como en otros lados. Por otro lado, aún en los peores momentos, como lo atestiguan dos siglos de vida independiente, no hemos caído en los excesos que han ocurrido, para no ir más lejos, en algunos países europeos durante el pasado reciente.
En la actualidad, muchos pensadores, muchos periodistas, ven en Europa un faro o una guía del mundo. Los mismos europeos se ven a sí mismos de ese modo. Consideran que su democracia, sus instituciones, su forma de vida es la mejor y, por tanto, debe ser la guía de todas las naciones del mundo.
Sin embargo, y a pesar de que es cierto que en los últimos años la mayoría de los países europeos han alcanzado un nivel de vida envidiable, también es cierto que hace muy pocos años en el término de los tiempos históricos, e incluso no tantos desde el punto de las vidas humanas, en Europa se gestó una forma de gobierno profundamente antidemocrática: el fascismo.
El fascismo se caracteriza por su absoluto desprecio al individuo, a la democracia, a la libertad. El fascismo se gestó no en naciones incultas e incivilizadas, sino en países que si bien pasaban por problemas económicos y políticos gozaban de una gran tradición cultural en filosofía, arte, ciencia, literatura y música. Estas naciones fueron Alemania, España e Italia.
Benito Mussolini, un antiguo alborotador y comunista en los años 20 encuentra inspiración en el Imperio Romano y cree que de alguna manera es el llamado para hacer resurgir a una Italia empobrecida para que rija nuevamente en los destinos del mundo. Toma como divisa el haz de paja de los romanos para simbolizar el nuevo estado. Separados somos débiles, juntos, bajo el yugo de un estado poderoso, seremos imbatibles, asegura.
En Alemania, otro iluminado, Adolf Hitler enloquecido por las leyendas nórdicas y envenenado por las filosofías racistas imperantes en su época, ve en Mussolini un maestro y decide adaptar el fascismo italiano a las realidades de una Europa
|
 Mussolini y Hitler, dos conocidos fascistas. |
|
empobrecida y humillada por su derrota en la primera guerra mundial, y de alborotador anticomunista se convierte en el líder de una revolución que habría de llevar a Alemania y al mundo al borde mismo de la destrucción.
Francisco Franco, en España, un soldado insignificante, se siente llamado a restaurar los reinos católicos españoles que alguna vez dominaron un imperio impresionante y al lograr la victoria en la guerra civil española, sume a su país en un estado también de corte fascista que tiene el logro notable de frenar el desarrollo económico y político de España durante varios decenios.
Estos tres fascismos tienen en común una idea de recuperar un pasado mitológico y todos se centran en la figura de un líder fuerte, tanto, que en ningún caso estas formas de gobierno pudieron subsistir de manera viable a la muerte de sus líderes, particularmente en el caso de España, donde Juan Carlos I, criado como sucesor de Franco, abjuró públicamente del fascismo y fue un decidido impulsor de la democracia en su país.
Otra característica que poseen estos tipos de fascismo es la falta de libertades. Todo está controlado por el estado, no hay prensa libre, solamente propaganda. Además, el fascismo siempre descansa en una estructura militar desorbitada, gigantesca, dispuesta a emplearse no solamente contra los propios habitantes del país, sino contra cualquiera que se le interponga.
Creo que la lección que debemos aprender de este experimento europeo es que debemos estar muy alertas, pues incluso entre los países más cultos y desarrollados pueden esconderse peligros muy graves.
|
|