El opio del pueblo |
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Por Alfredo Gabriel Páramo• A mí, en general, me fastidia el futbol. No es el deporte en sí lo que me molesta, sino el hecho de que la sociedad gire a su alrededor. Viene el Mundial, la fiesta de la transa y los millones sospechosamente habidos, y el universo se uniforma. Los anuncios, así sean de escuelas, mausoleos o toallas sanitarias, son futbolísticos. Vemos monjitas jugando futbol, al igual que gordos, minusválidos, gallinas, planetas y ballenas jorobadas.
El futbol se convierte en arte, cultura, pasión, anhelo y encuentro. Somos felices por el futbol; sufrimos por él. Millones de personas dejan su dinero y su sueño alentando equipos que se convierten en representantes de la identidad nacional, en adalides de culturas. Algunos defienden el deporte originado entre los salvajes sajones -aunque ellos pateaban cabezas humanas y no balones de (creo) cuero- con el argumento de que al menos eso evita las guerras. ¿Cierto? Que le pregunten a quienes no pueden pasar por Reforma por los festejos cuando nuestros modernos niños héroes meten gol, o al policía que hoologanizaron hace un par de años en Francia o al joven mexicano que ahora vive con medio cerebro... y claro, ni siquiera ponemos como ejemplo la situación vivida entre Salvador y Honduras. Algunas personas insisten: te tiene que gustar el futbol, ¡a todos nos gusta! Si insisten en que no, piensan incluso que hay algo muy malo en tu interior, como aseguraba mi abuelito: "no es posible que ese niño no quiera ver el mundial; deberíamos vigilarlo porque hay algo muy raro en él". |
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También están los nacionalistas. "Debes apoyar a la selección porque representa a México".
Por principio, yo jamás daría mi apoyo a gente que gana muchísimo más dinero que yo; eso es un hecho irreductible que, tal vez, pudiera llamarse envidia, pero que no por ello estoy dispuesto a transigir. Además, me parece ridículo poner todas nuestras esperanzas como nación en un montón de tipos en calzones corriendo a la vista del público. ¿Y el apoyo al deporte? Cuando me dicen esto recuerdo unas imágenes que vi en televisión en la víspera de un clásico (todos lo son, creo) Universidad-América. Los universitarios golpeaban con palos a un atarantado hincha americanista. ¡Los herederos de Vasconcelos, los hijos de una institución centenaria y benemérita, convertidos en salvajes babeantes! Lo peor fue cuando, entristecido y angustiado, le platiqué el hecho a una doctísima doctora universitaria: "No es para tanto -me dijo-, eso es más bien una tradición". Pues tal vez tenga razón, pero como no me gusta, que los aficionados sigan disfrutando su juego en tanto que yo pueda seguir pensando que el futbol me parece un patético sustituto de la vida. |